La primera vez que escuché a un cuentacuentos iba en tercero
de primaria y ese cuentacuentos era mi maestra de Taller de Lectura. Dos horas
a la semana, que era la duración de la clase, esta maestra nos narraba
historias de Juan Villoro, Francisco Hinojosa, Triunfo Arciniegas , Roald Dahl,
y muchos otros cuentos populares que hacían que volara mi imaginación y me
riera de las cosas que hacían los personajes y disfrutara la forma de contar
los cuentos de mi maestra, haciendo gala de arte escénico y un cambio de voces,
escapando un rato de la rutina de la escuela.
A tan corta edad, uno no se imagina de los beneficios que
tiene escuchar cuentos. Yo lo veía como un momento de diversión en lugar de un
método de enseñanza, nunca pensé que esas historias me servirían de algo o que
tuvieran otra función que no fuera la de divertirme un rato. Lo que no sabía es
que al escuchar estos cuentos de niños mentirosos, señoras malvadas o de
bandidos que casi roban el sol, aprendía más que lo que las monjas de mi
escuela trataban de enseñarme en la clase de valores, sobre ciencia con las
fórmulas del doctor Funes y de geografía
viajando a ciudades imaginarias donde los niños comen golosinas secretas
y desaparecen.
Pero siendo más serios y dejando atrás mi infancia, puedo
ver que en verdad estos cuentos me enseñaron algo, a usar mi imaginación, a
pensar, me mostraron valores y buenos modales, porque todo cuento tiene una
enseñanza y cada niño aprende algo de ellos. Diez años después y estudiando la
universidad, me doy cuenta que el hecho de que mi maestra me contara cuentos no
sólo me iniciaron en el placer de la
lectura, sino que también me enseñaron muchas cosas.
También me he dado cuenta de que los adultos (me he
convertido en adulto, para mi tristeza) suelen creer que un niño no puede hacer
nada para cambiar al mundo, y probablemente es porque sea cierto, pero lo que
se les olvida es que este niño crecerá y se convertirá en un adulto que sí
puede transformar al mundo, aunque sea su propio mundo y el de sus seres
cercanos. Educar a los niños es invertir en el futuro, y con los grandes
(¡enormes!) problemas sociales, ambientales, económicos y de seguridad que se tienen actualmente, estos problemas serán heredados también a los
niños, y si no queremos hacer nada para cambiarlos, al menos démosles armas (intelectuales, no queremos
más violencia) para que luchen contra ellos.
Y qué bonitas armas son los cuentos, llenos de imaginación y risas, pero
sobre todo, de sabiduría.
Ahora, si lo que contamos es un cuento sobre
responsabilidad, pues está todavía mejor. Los problemas a los que nos
enfrentamos actualmente, como ya lo había mencionado, son muchos y esto hace
que debamos crear una conciencia social para que todos estemos conscientes de
ellos y actuemos para hacer algo. Basándome en mi experiencia personal, y después
de leer algunos artículos sobre el tema, puedo decir que contar cuentos tiene
muchas ventajas, sobre todo para los más pequeños, que al mismo que tiempo que
disfrutan de esta actividad, aprenden. Y qué mejor que al aprender, puedan
aplicar estos conocimientos. Si a los
niños les contamos cuentos, con un mensaje sobre responsabilidad social y que
al mismo tiempo sean divertidos, obtendremos buenos resultados. Ellos
aprenderán valores, a trabajar en equipo, a ser responsables y ser parte de una
comunidad y a resolver problemas.
Necesitamos niños que piensen y actúen, para que se
conviertan en adultos que hagan cosas de bien y a favor de su comunidad.
A veces me pongo a pensar, cuántos problemas nos
ahorraríamos si todos los niños se les contaran cuentos. Les dejo esto para que
reflexionemos un rato, y si pueden, le cuenten un cuento a un pequeño.
Mariana
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